Mi Gran Reto de Comidas de ayer era una cena en un restaurante de lujo en el corazón de Gion, el barrio de las geishas de Kyoto. Fue un menú de ocho platos con algunos de los mejores trozos de carne que hayamos probado en nuestras vidas. Nos cocinaron todo delante de nosotros con una atención al detalle y una exquisitez impresionante: cuando penséis en lo meticulosos que son los japoneses, no os hacéis una idea en realidad. ¿El precio? Es mejor que ciertos números no salgan a la luz, pero digamos que nunca había pagado tanto por una comida. Me dieron una buena hostia, vaya. :)
Pero vaya si mereció la pena, qué cojones. Un día es un día, igual ninguno de los tres vuelve por aquí, ¿quién sabe? Acabamos la noche volviendo al Rocking ING bar, el mismo de la noche anterior. Intentamos ir a un bar de vinilos y estaba petado de guiris, así que fuimos sobre seguro a un bar en el que escuchar buena música, hacer coña con el camarero y echarnos unas buenas risas. De hecho, hoy volvemos al ING porque Júpiter está en Kyoto y hemos quedado con él.
Lo primero que he hecho al levantarme por la mañana es mirar la predicción del tiempo. Lo bueno es que no iba a llover y podíamos subir al Fushimi Inari sin problemas. Lo malo es que daban 39 grados con una humedad del 80%, o sea, un tiempo parecido al del apocalipsis. Bueno, eso no nos iba a frenar porque llevamos años queriendo hacer esto, Belén y yo, porque ya estuvimos, y Nacho porque lo había mirado.
El Fushimi Inari es un santuario sintoísta, no un templo, ubicado en la base del Monte Inari, montaña patrona de los negocios en Japón. El camino a la cima está cubierto por 32.000 torii, puertas naranjas que están puestas una detrás de otra. Hay varias formas de subir y nosotros hemos ido un poco por la que nos ha dado la gana. Los torii son donaciones de particulares, familias o empresas. También está la posibilidad de comprar pequeños toriis y pedir prosperidad para tu negocio, que es lo que ha hecho Belén para su efervescente negocio como directora de casting.
He perdido la cuenta, pero hemos debido subir unos 1.300 escalones, bajando también unos cuantos. Es un momento interesante para reflexionar, aunque, claro, está todo lleno de guiris, algunos respetuosos, pero otros haciendo el cafre. Llegamos bastante bien a la base del santuario, hay una parada de metro llamada Fushimi Inari que es final de trayecto, hay que ser muy torpe, rozando la incapacidad mental, para perderse. Una vez llegas ahí, se trata de subir y en un día como el nuestro en Kyoto, sudar.
A mitad de camino y tras 20 minutos subiendo y sudando la gota gorda, nos pasó rozando un jipi con una motocicleta a 140 kilómetros por hora, dándome una colleja, derrapando y frenando (sin tocar ningún torii, con una destreza increíble) a 10 metros de donde estábamos. Mientras se quitaba el casco, fui directamente a cagarme en todas sus muelas.
- A ver, pedazo de subnormal, que casi me matas. Además, ¿quién coño sube al Fushimi Inari con una Kawasaki Z1000, puto suicida?
+ (quitándose el casco) ¡¡¡CALVICHIIIIIIII!!! Qué viejo estás, cabrón miserable.
- ¡COÑO, SI ES LEE E. FITTIPALDI! ¡BELÉN, MIRA QUIÉN ES!
Lee nos contó que toda la pasta que había ganado en los dos o tres últimos años la perdió en dos divorcios y jugando al cinquillo, así que ahora se había metido en algo llamado All Japan Road Race Championship (MFJ Superbike), donde estaba currándolos a todos porque "son unos mierdas que pisan el freno en cada curva". Nos gustó mucho ver a Lee otra vez, que siguió su camino para alcanzar la cima del Monte Inari en 17 segundos. Hay que recordar que Lee E. Fittipaldi no existe, es un personaje ficticio en este blog, producto de nuestra imaginación, e intentamos que su vida sea lo más interesante posible.
Volviendo a la realidad, sí, llegamos a la cima, que es bastante decepcionante. Sí, hay un santuario arriba, pero es una birria de santuario para la paliza que te pegas. Uno espera poco más o menos que el Vaticano, pero no. La montaña tiene un desnivel de 233 metros, que son 63 más que el Castillo de Montjuic en Barcelona, o sea, que hay que echarle cojones para subir en un día de calor abrasador: prácticamente hemos visto a Belcebú haciendo una barbacoa en la calle. Otra curiosidad que no viene en las guías: el agua vale cada vez más cara según subes, qué hijos de puta, tanto en tiendas como en máquinas expendedoras. Consejo: comprad botellas de agua congeladas en un convenience store y id bebiendo de allí.
Belén y yo hemos acabado reventados del todo. Nacho estaba fresco como una rosa con su camiseta del Sevilla de Ivica Dragutinovic que le he regalado por sorpresa antes de empezar el viaje, pero Belén y yo íbamos pidiendo la hora en la bajada. Belén ha aguantado como una titana con un mareo importante y yo estaba sudando por todas partes. Me caían gotas de sudor de la visera de la gorra; la he tenido que lavar. Ha habido un momento en que me he quitado la camiseta y la he exprimido para sacar sudor de allí, para el disgusto de unos guiris que me miraban como si estuviese loco. Al final hemos llegado abajo, completando nuestra misión, y lo hemos celebrado con Coca-Cola Zero con más hielo que en el iglú de Pingu.
No hemos hecho nada más así de interesante, pero yo os lo cuento para rellenar un poco el blog, por si no teníais suficiente con la gilipollez esta de Fittipaldi. Hemos ido a comer a un centro comercial, en un bar de pasta malísimo. Toda la cocina europea aquí es un auténtico asco comparada con la original. Lo contrario no es siempre así: en Europa hay buenos bares asiáticos en general y japoneses en particular, aunque no todos lo son ni muchísimo menos. Aquí nadie come cerdo agridulce o pollo con almendras, ni en China tampoco. Aquí lo que va son sopas, tonkatsu, bolas de pulpo, comida buena en general.
Hemos hecho un par de compras de las cuales no me está permitido revelar detalles, y nos hemos vuelto a nuestro tríplex en Kyoto para hacer las maletas. Por fin voy a viajar con Karen, mi nueva maleta, a ver qué tal. Esta noche tenemos una cita con Júpiter y la última parada en Kyoto del Gran Reto de Comidas, que continuará en Tokyo los días 27, 28 y 29.
Lo estamos pasando muy bien, la verdad. ¡Mañana más!
Javi
PD: Sí, la sociedad japonesa es consumista: todo el mundo trabaja y gasta a todo meter. Les gustan las sorpresas, por eso prosperan negocios como las máquinas de bolas con regalos desconocidos, sobres sorpresa y todo tipo de ludopatía con un premio garantizado, aunque sea mierdoso. Y son coleccionistas, por eso aún hay tiendas de vinilos y CDs por aquí, como si fuese España en los años 90. Es maravilloso. Me representan.
PD2: Kyoto tiene un delicado equilibrio entre tradición y tecnología; entiendo por qué le gusta tanto a Belén. Hay templos y se siguen muchas tradiciones basadas en el silencio, el respeto y el desear buenas cosas a las personas y a la vez, muchas opciones de hacer prácticamente cualquier cosa que se te ocurra. Hay que venir aquí una vez en la vida.





















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