Ayer desayunamos en el Airbnb y nos fuimos al Castillo de Osaka como primera parada de un plan que mandamos al carajo durante el día para empezar a improvisar como locos, que también mola. El Castillo de Osaka es una pasada, increíblemente bien conservado, imponente desde fuera, con una arquitectura de mucha atención al detalle. Fue construido por orden de Toyotomi Hideyoshi en 1583. Hay un culto exagerado a la figura del tal Hideyoshi, desde su casco, katana, habitaciones favoritas hasta las mujeres que le rechazaron pero que al final se casaron con él; tenía que ser un pájaro de cuidado. El tipo unificó Japón a base de hostias, vaya, allá por finales del siglo XVI.
Eso a nosotros nos la pelaba un poco, la verdad, porque pasó hace mucho tiempo y preferimos quedarnos con la idea de que Hideyoshi tenía un casco de pinchos que le hacía parecer un pavo real. Ese fue el casco que usó Nacho en la mítica foto que nos hicimos en el segundo piso del Castillo, vestidos con trajes de samurái y haciendo el mamarracho. Cómo fue la cosa que hasta los locales nos hacían fotos para enseñárselas a sus familias en plan "mira los guiris estos, cómo hacen el mongolo". Los cascos pesaban 30 kilos cada uno y se movían, era imposible ir a la guerra con esa mierda en la cabeza. El caso es que lo pasamos bien y nos llevamos un buen recuerdo de allí. Recomendadísimo.
Tras coger fuerzas en los alrededores del castillo decidimos ir a un sitio llamado Round 1, en el que puedes practicar muchos deportes y juegos indoor. Al llegar a la puerta vimos que tenía muy mala pinta, así que nos fuimos a comer. Mis compis me dieron libertad creativa para ir donde a mí me saliese de los huevos y fuimos a un sitio de Tonkatsu en la segunda planta de un edificio en una calle de mala muerte al lado del Round 1. El Tonkatsu es carne empanada, cerdo en este caso, pero hecha con la textura de la tempura. Era un sitio solo de locales, fliparon cuando entramos... y comimos de manera excelente por 21 EUR por cabeza. Punto para Javi, fuck yeah.
Decidimos ir a la estación de tren a cambiar el billete y descubrimos varias cosas. Primero, no se puede cambiar el billete si no tienes acceso a tus datos en la SIM española, que tengo desconectada. Tuve que cancelar el billete y sacar uno nuevo. Segundo y más importante, sacar un billete de Shinkazen en el momento es mucho más barato, rollo como la mitad, que tener asiento reservado. Tras varias visitas a la máquina de tickets y un intento frustrado de pasar porque hay que sacar dos billetes por persona, la tarifa y el asiento, pusimos rumbo a la lejana Kyoto: 15 minutos de tren bala.
Nuestro Airbnb en Kyoto tiene tres plantas. Abajo dormimos Belén y yo, en medio está la tele, una litera donde duerme Nacho, la cocina y una mesa donde jugar a las cartas, comer o desayunar. Arriba está lo que se llama La Habitación de Júpiter, que no se llama así por nuestro amigo. Es porque está a 725 grados centígrados, que es la temperatura de la atmósfera superior de Júpiter, el planeta. En general, la casa es grande y pequeña a la vez y no se puede estar sin aire acondicionado. Hoy teníamos 37 grados con humedad de casi el 60%. No he follado debajo de un plástico, pero la sensación térmica debe ser algo así.
Decidimos ir a la estación de tren a cambiar el billete y descubrimos varias cosas. Primero, no se puede cambiar el billete si no tienes acceso a tus datos en la SIM española, que tengo desconectada. Tuve que cancelar el billete y sacar uno nuevo. Segundo y más importante, sacar un billete de Shinkazen en el momento es mucho más barato, rollo como la mitad, que tener asiento reservado. Tras varias visitas a la máquina de tickets y un intento frustrado de pasar porque hay que sacar dos billetes por persona, la tarifa y el asiento, pusimos rumbo a la lejana Kyoto: 15 minutos de tren bala.
Nuestro Airbnb en Kyoto tiene tres plantas. Abajo dormimos Belén y yo, en medio está la tele, una litera donde duerme Nacho, la cocina y una mesa donde jugar a las cartas, comer o desayunar. Arriba está lo que se llama La Habitación de Júpiter, que no se llama así por nuestro amigo. Es porque está a 725 grados centígrados, que es la temperatura de la atmósfera superior de Júpiter, el planeta. En general, la casa es grande y pequeña a la vez y no se puede estar sin aire acondicionado. Hoy teníamos 37 grados con humedad de casi el 60%. No he follado debajo de un plástico, pero la sensación térmica debe ser algo así.
No tenía energía en Kyoto. No podía más, así que pedí una pausa. Belén y Nacho se fueron a dar una vuelta y luego fuimos a un supermercado de verdad, no un convenience store, a hacer una compra para estos días. Pillamos cuatro cervezas grandes que cayeron a medianoche mientras Nacho y yo veíamos al Sevilla ganar en San Mamés por 1-3. Hicimos demasiado ruido, es verdad, y estaba prohibido, también es verdad, pero a ver cuándo el Sevilla se va a ver en una así en las próximas semanas. La medio fiebre, los problemas estomacales y el hecho de que se me olvidó el agua en el piso de arriba.
Por la mañana habíamos quedado con David Doblas, ex-jugador de baloncesto y actual segundo entrenador del equipo local en Kyoto. David lleva ocho años en Japón, habla el idioma perfectamente (aunque él diga que no) y de hecho hoy mismo ha renovado su carnet de conducir. Nos ha recogido en coche para charlar de todo un poco y llevarnos a un par de sitios no tan turísticos. El primero ha sido un yakiniku, una especie de barbacoa japonesa donde los trozos de carne y algunas verduras se asan directamente en una parrilla que hay dentro de la mesa. David ha sido el maestro de ceremonias y nos ha contado un montón de curiosidades sobre Japón. Es absurdo, no nos habíamos visto nunca o casi nunca, pero somos buenos amigos desde que hicimos un par de BasketCasts hace unos años.
(para los no iniciados, BasketCast era un podcast que autoproducía y que ahora ha mutado en un monstruo mediático llamado EuroLeague & Friends Made in Spain que copresento con Quino Colom en el canal de YouTube de MARCA, líder de información deportiva en castellano)
Después nos ha llevado a un templo en el que él no había estado, pero que ha sido genial, se parecía al templo de Pai-Mei en la película Kill Bill. El templo en cuestión se llama Hamuro-san Joju-ji, que escrito así parece que un pijo haya tenido un ataque de risa, jojují. Qué asco de gente. En fin, es un templo budista con un minibosque de bambú ideal para hacer fotos, unas escaleras hacia el templo llenas de vegetación y toda la tradición de un templo del siglo IX. Una pasada de sitio al que no habríamos ido nunca sin David, que además ha sido muy amable de dejarnos al lado de dos templos más que queríamos ver, el imponente santuario Yakasa y el templo de Sannenkaza, donde hemos sellado nuestros libros de goshuin. Será un recuerdo especial.
Esta noche empieza el Gran Reto de Comidas. Nacho nos lleva a un lugar secreto. ¿Cuál será? Lo sabréis mañana. De momento, nos vamos a petardear un rato antes de la cena.
¡Muchos recuerdos desde Kyoto!
Javi





























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