Desde la tienda del manitas girábamos a la izquierda a la calle principal, que atraviesa Isla Pobre de punta a punta, pasando por el campo de fútbol y llegando al Drop (no confundir con el Lemon Drop: mira que hay pocos restaurantes, pues tiene que pasar esto). Hay que decir que la tortilla de patatas del Cáustico Felipe es de las mejores que he probado. Tras desayunar de españolas maneras nos fuimos a la bikini beach, donde vimos a Sipé, que vino a saludarnos muy efusivamente.
- ¿Qué tal, Belén? Me alegro de verte. ¡Hola, Capitán Cousteau, cómo estás!
+ Sipé, me cago en tu puta madre. ¿Es que nunca has visto a un tío vomitar 50 veces en media hora? Si es lo más normal del mundo.
- Será en España. En fin, venía a deciros que hay un agujero en la bikini beach, no lejos de la orilla, con un banco de peces espectacular. Normalmente no se lo digo a la gente, pero después del numerito que montaste, hijo de mi vida, lo mínimo es darle la información a tu mujer para que vaya allí y lo vea.
Y así fue, Belén fue para allá mientras yo valientemente me quedé a tomar el sol y a no hacer nada. Belén volvió emocionadísima, no le salían las palabras. El banco de peces era exactamente como había dicho Sipé y a unos 50 metros de la orilla, así que fui a verlo. Efectivamente, en un momento dado pasábamos de playa normal con algunos peces... a agujero que no se veía el fondo en el que podías bucear.
No os podéis imaginar lo que pasó, claro. Que me mareé otra vez. Salí del agua como buenamente pude y me encontré otra vez a Sipé, descojonado.
- Oye, Capitán Cousteau, ¿has pensado en alistarte para la marina? ¿Has leído 20,000 leguas de Viaje Submarino? ¡LOBO DE MARRRRR!
- Amigo mío, ojalá te muerda un cangrejo gigante en los huevos mientras vacilas a otro guiri. Mamón. Mala perzona.
Belén volvió al Gran Agujero para darse una vuelta más pero volvió horrorizada. Estaba buceando tan tranquilamente cuando se encontró cara a cara con un tiburón de un metro. Justo detrás de él había dos más. Obviamente salió por patas, bueno, por brazas y llegó muy asustada. Nos habían dicho que aquí los tiburones no hacen nada y en este caso fue totalmente cierto pero coño, encuéntrate tú a un bicho de estos mirándote a los ojos, verás el bote que pegas. Comimos en el Galliano, el restaurante a pie de playa. Pedí una ensalada César y me la trajeron con pepino. Pero qué asco, aborrecemos el pepino en esta casa. ¿Quién le dio la receta a esta buena gente?
Aquel día conocimos a Jesús y Mariví, madre e hija residentes en Barcelona. Jesús acababa de dejar su curro tras varios años y se había llevado a su madre a la playa para pasar las navidades allí e iniciarse en el buceo con bombonas de aire. También conocido a una tal Granada que no nos hizo ni puto caso, la verdad, pero con Jesús y Mariví hicimos buenas migas, ella es taxista, con un taxi de esos grande que te cagas. Les llevábamos unos cuantos días de ventaja, así que les vimos las cuatro o cinco recomendaciones que podíamos darles. Fuimos a cenar juntos al Lemon Drop y lo pasamos bien. Jesús había estado trabajando como director comercial de Bacardi y estaba a punto de empezar con otro curro parecido.
Acabamos el día reventados, viendo Netflix en la habitación. Primero vimos American Psycho y luego un documental sobre el Ave del Paraíso, que es graciosísima. El macho se lleva días, semanas preparando el terreno y los bailes apareadores para que cuando llegue la hembra, seducirla y follar durante unos gloriosos dos segundos. Semanas de curro para dos segundos de gustito. Supongo que el tío que diseña fuegos artificales debe sentir lo mismo, el pobre mamón.





