miércoles, 26 de agosto de 2026

Japón, día 11: Reflexiones desde Nagoya (sin premio)



Hola a todos desde Nagoya, sitio de gente amable, calor insoportable y rima tan fácil como malsonante. Está siendo un ejercicio de constricción importante: el Castillo de Nagoya se llama oficialmente Nagoyajo y casi todos los taxis que hemos cogido tenían matrículas acabadas en cinco. Dan ganas de empezar a soltar premios a izquierda y derecha: todas las rimas son chungas.



Lo de anoche fue muy divertido. Belén nos llevó a un sitio en el que podías beber lo que quisieras durante dos horas, dentro de una selección de bebidas del local, y teníamos un menú de ocho platos. Nos acompañó Júpiter, que andaba por Kyoto con un grupo de 200 indios, trabajando de guía turístico. Dios lo tenga en su gloria. No me puedo imaginar lo bordes que pueden ser 200 indios con pasta. En fin, el caso es que lo pasamos muy bien. Antes de cenar nos fuimos al Rocking ING Bar por tercera noche consecutiva. Nos encanta, la verdad, esta vez Haco, el dueño y camarero, hasta puso a Sopa de Cabra y Surfin' Bichos. El tipo, por algún motivo, controla de rock español de los 80 y 90. Sitio recomendadísimo para beberse una Asahi bien fría.



Tras un agradable paseo de unos 10 minutos, llegamos al restaurante que eligió Belén para el Gran Reto de Comidas. Estuvimos de risas toda la noche, pero el momento clave vino cuando nos trajeron cuatro pimientos fritos, como los de Padrón pero recién traídos desde las mismas entrañas del infierno. Belén probó el primero y sin problemas, no picaba. Oh, qué rico está el pimiento. Júpiter probó y bueno, picaba pero era soportable. Probamos Nacho y yo... y prácticamente nos ardió la boca. Agua, agua, hielo, algo, ahhh... Creo que no he probado nada más picante en mi vida, así que, como soy gilipollas, pensé, bueno, igual soy yo, y pegué un segundo bocado. Toses. Lágrimas. Garganta y paladar ardiendo. Lengua a 150 grados centígrados. Cuando se nos pasó el efecto unos 15 minutos después, dije la frase que desencadenó el ataque de risa.

- Joder, pues si me dan a elegir entre una buena patada en los huevos o morder otra vez el pimiento, directamente me abro de piernas y el que sea que vaya cogiendo carrerilla.

Belén, Nacho y yo llorábamos de risa y Júpiter no lo entendía del todo, pero se reía igual, y eso hacía que nos diese más risa todavía. Belén me ha dado permiso para contar otro momento gracioso de ayer en el Fushimi Inari que omití por prudencia. Estábamos en un pequeño templo y Belén dijo:

- Aquí hay que dar tres palmadas, hacer una reverencia y luego dar una palmada más.

+ Son dos palmadas, estoy casi seguro —dije yo. —Creo que son dos, ¿eh? —dijo Nacho.

- Que no, que son tres, dejaros de hostias.

+ Y al final hay que bailar una muñeira. Joder, si te vas a saltar el protocolo, hazlo con dos cojones.









Espero que Buda o los kami, que son los dioses sintoístas, tengan buen humor porque estábamos los tres muertos de risa en el santuario. La noche acabó en un bar muy exclusivo al que nos llevó Júpiter, con un camarero muy fino y elegante y un montón de botellas supercaras. Tomamos una copa, probando la ginebra y el vino locales, y nos fuimos a sobar.



Esta mañana hemos cogido el Shinkansen hasta Nagoya y dejado las cosas en el Nikko Style, nuestro excelente hotel de hoy, un cinco estrellas en pleno centro por un precio muy asequible. Nos han subido las cosas directamente a la habitación en cuanto estaba preparada, como en los hoteles buenos. Nuestra primera parada del día ha sido el Castillo de Nagoya, que se puede visitar por fuera pero no por dentro. La visita incluye el acceso al recinto y a algo llamado el Palacio de Hammaru, que es anexo al castillo y nos permite comprobar cómo vivían por allí en el siglo XVII (más bien aburrido, ¿eh?).














Decidimos ir a comer a un bar de Tonkatsu antes de ir al Museo de la Ciencia. Intentamos comer en uno al lado del castillo, pero había cola y no avanzaba, todo con 35 grados y humedad alta en la calle. De repente llegó un grupo de 50 españoles bastante palurdos, especialmente uno que dijo "qué bien, hoy comemos chino". Váyase usted a la mierda, paleto asqueroso, cuñao de los cojones, ojalá le sirvan el agua de la fregona y le digan que es sopa de miso. Si algo hacemos bien en este equipo es improvisar: miramos dónde estaba el museo y nos fuimos a un restaurante de Tonkatsu a dos calles, solo con comensales locales y comida excelente. Para mí, la mejor comida del viaje, y por 21 EUR por cabeza. Maravilloso.







El museo ha estado bien; es muy interactivo, pero el 99% de los carteles están en japonés, así que hemos hecho la especialidad de la casa hasta la hora de acceder al Planetario para el show que habíamos comprado. ¿Cuál es la especialidad de la casa? Coño, hacer el gilipollas y reírnos de la situación. El planetario era amplio, oscuro, espacioso y todo era en japonés con un tono muy monocorde. Y a las tres y pico de la tarde. Nos hemos quedado sobados los tres en distintas fases. Al parecer, a mí se me ha escapado un ronquido que ha hecho que estos dos se descojonen de risa otra vez. Soy gracioso hasta dormido, oigan. Estoy on fire.

Hemos dado un paseo por una calle comercial y luego iremos a cenar pizza, que nos apetece. He tomado notas todo el día de cosas que quería discutir sobre Japón, así que abro el Consultorio Turístico de Aventura Global. Si tenéis alguna pregunta sobre Japón, dejad un comentario en el blog y la respuesta llegará mañana o pasado (no sé si habrá blog mañana, vamos a estar un poco liados).

- Hay muchas palabras en Japón que se repiten sin cesar. En el metro, prácticamente cada locución empieza con algo que fonéticamente suena a "mamonaco". En realidad es Mamonaku y significa pronto, dentro de poco. También se escucha la palabra kudasai a todas horas, prácticamente en todas las frases. Significa "por favor". Arigato gozaimasu es la forma bonita de dar las gracias, y cuando te vas de un local, es arigato gozaimashita, lo mismo pero en pasado.




- La mayoría de los restaurantes en Japón no tienen postre. Si lo tienen, es muy probable que sea un restaurante más bien para guiris. El postre se lo suelen tomar fuera, en una cafetería, en un convenience store, donde sea.

- Hablando del convenience store, es impresionante cómo ha mejorado la calidad de los productos en los 7-Eleven, Lawson y Family Mart desde que fui a Taipei en 2001. Es acojonante. Ahora hay buenos smoothies, excelentes sándwiches y tremendas chocolatinas. Magnifico.





- Un punto y aparte son las máquinas de vending, todas del mismo fabricante, que debe tener una pasta gansa, el muy cabrón. El caso es que funcionan muy bien. Metes la pasta y en menos de tres segundos tras pulsar el botón, la bebida está disponible (y la bandeja se abre para fuera, que lo de que se abra para dentro es una mierda, estos tíos están en todo) y ya tienes el cambio. Es instantáneo. Debería ser un estándar mundial y que el tipo que las fabrica viva de rentas en una mansión con una playa privada en la que no le falte de nada.

Esto es todo lo que tengo para vosotros hoy. Mañana o pasado mañana, más cosas e historias desde Tokyo, última parada de la Aventura Global de Nacho. ¡Nos vemos!

PD: La pizza ha sido regulera. Confirma la teoría de ayer: no hay restaurantes europeos muy buenos en Asia. Sí que hay buenos restaurantes asiáticos en Europa. No sé si es la inmigración, el ir a países con más medios, ni idea, pero es así. 

martes, 25 de agosto de 2026

Japón, día 10: sudando en el Fushimi Inari



Hola a todos desde Kyoto. Mañana seguimos nuestra Aventura Global por la bonita ciudad de Nagoya, que ha recibido varios premios de sevillanía por su rima excesivamente malsonante. De momento estamos aquí hasta las 10:30 de la mañana. Vamos a intentar cambiar el billete de tren por uno más barato sin asiento reservado, como hicimos improvisando en Osaka. Si nos sale bien, es una jugada bastante buena.




Mi Gran Reto de Comidas de ayer era una cena en un restaurante de lujo en el corazón de Gion, el barrio de las geishas de Kyoto. Fue un menú de ocho platos con algunos de los mejores trozos de carne que hayamos probado en nuestras vidas. Nos cocinaron todo delante de nosotros con una atención al detalle y una exquisitez impresionante: cuando penséis en lo meticulosos que son los japoneses, no os hacéis una idea en realidad. ¿El precio? Es mejor que ciertos números no salgan a la luz, pero digamos que nunca había pagado tanto por una comida. Me dieron una buena hostia, vaya. :) 








Pero vaya si mereció la pena, qué cojones. Un día es un día, igual ninguno de los tres vuelve por aquí, ¿quién sabe? Acabamos la noche volviendo al Rocking ING bar, el mismo de la noche anterior. Intentamos ir a un bar de vinilos y estaba petado de guiris, así que fuimos sobre seguro a un bar en el que escuchar buena música, hacer coña con el camarero y echarnos unas buenas risas. De hecho, hoy volvemos al ING porque Júpiter está en Kyoto y hemos quedado con él.



Lo primero que he hecho al levantarme por la mañana es mirar la predicción del tiempo. Lo bueno es que no iba a llover y podíamos subir al Fushimi Inari sin problemas. Lo malo es que daban 39 grados con una humedad del 80%, o sea, un tiempo parecido al del apocalipsis. Bueno, eso no nos iba a frenar porque llevamos años queriendo hacer esto, Belén y yo, porque ya estuvimos, y Nacho porque lo había mirado.








El Fushimi Inari es un santuario sintoísta, no un templo, ubicado en la base del Monte Inari, montaña patrona de los negocios en Japón. El camino a la cima está cubierto por 32.000 torii, puertas naranjas que están puestas una detrás de otra. Hay varias formas de subir y nosotros hemos ido un poco por la que nos ha dado la gana. Los torii son donaciones de particulares, familias o empresas. También está la posibilidad de comprar pequeños toriis y pedir prosperidad para tu negocio, que es lo que ha hecho Belén para su efervescente negocio como directora de casting.



He perdido la cuenta, pero hemos debido subir unos 1.300 escalones, bajando también unos cuantos. Es un momento interesante para reflexionar, aunque, claro, está todo lleno de guiris, algunos respetuosos, pero otros haciendo el cafre. Llegamos bastante bien a la base del santuario, hay una parada de metro llamada Fushimi Inari que es final de trayecto, hay que ser muy torpe, rozando la incapacidad mental, para perderse. Una vez llegas ahí, se trata de subir y en un día como el nuestro en Kyoto, sudar.






A mitad de camino y tras 20 minutos subiendo y sudando la gota gorda, nos pasó rozando un jipi con una motocicleta a 140 kilómetros por hora, dándome una colleja, derrapando y frenando (sin tocar ningún torii, con una destreza increíble) a 10 metros de donde estábamos. Mientras se quitaba el casco, fui directamente a cagarme en todas sus muelas.

- A ver, pedazo de subnormal, que casi me matas. Además, ¿quién coño sube al Fushimi Inari con una Kawasaki Z1000, puto suicida?

+ (quitándose el casco) ¡¡¡CALVICHIIIIIIII!!! Qué viejo estás, cabrón miserable. 

- ¡COÑO, SI ES LEE E. FITTIPALDI! ¡BELÉN, MIRA QUIÉN ES!

Lee nos contó que toda la pasta que había ganado en los dos o tres últimos años la perdió en dos divorcios y jugando al cinquillo, así que ahora se había metido en algo llamado All Japan Road Race Championship (MFJ Superbike), donde estaba currándolos a todos porque "son unos mierdas que pisan el freno en cada curva". Nos gustó mucho ver a Lee otra vez, que siguió su camino para alcanzar la cima del Monte Inari en 17 segundos. Hay que recordar que Lee E. Fittipaldi no existe, es un personaje ficticio en este blog, producto de nuestra imaginación, e intentamos que su vida sea lo más interesante posible.






Volviendo a la realidad, sí, llegamos a la cima, que es bastante decepcionante. Sí, hay un santuario arriba, pero es una birria de santuario para la paliza que te pegas. Uno espera poco más o menos que el Vaticano, pero no. La montaña tiene un desnivel de 233 metros, que son 63 más que el Castillo de Montjuic en Barcelona, o sea, que hay que echarle cojones para subir en un día de calor abrasador: prácticamente hemos visto a Belcebú haciendo una barbacoa en la calle. Otra curiosidad que no viene en las guías: el agua vale cada vez más cara según subes, qué hijos de puta, tanto en tiendas como en máquinas expendedoras. Consejo: comprad botellas de agua congeladas en un convenience store y id bebiendo de allí.






Belén y yo hemos acabado reventados del todo. Nacho estaba fresco como una rosa con su camiseta del Sevilla de Ivica Dragutinovic que le he regalado por sorpresa antes de empezar el viaje, pero Belén y yo íbamos pidiendo la hora en la bajada. Belén ha aguantado como una titana con un mareo importante y yo estaba sudando por todas partes. Me caían gotas de sudor de la visera de la gorra; la he tenido que lavar. Ha habido un momento en que me he quitado la camiseta y la he exprimido para sacar sudor de allí, para el disgusto de unos guiris que me miraban como si estuviese loco. Al final hemos llegado abajo, completando nuestra misión, y lo hemos celebrado con Coca-Cola Zero con más hielo que en el iglú de Pingu.






No hemos hecho nada más así de interesante, pero yo os lo cuento para rellenar un poco el blog, por si no teníais suficiente con la gilipollez esta de Fittipaldi. Hemos ido a comer a un centro comercial, en un bar de pasta malísimo. Toda la cocina europea aquí es un auténtico asco comparada con la original. Lo contrario no es siempre así: en Europa hay buenos bares asiáticos en general y japoneses en particular, aunque no todos lo son ni muchísimo menos. Aquí nadie come cerdo agridulce o pollo con almendras, ni en China tampoco. Aquí lo que va son sopas, tonkatsu, bolas de pulpo, comida buena en general.

Hemos hecho un par de compras de las cuales no me está permitido revelar detalles, y nos hemos vuelto a nuestro tríplex en Kyoto para hacer las maletas. Por fin voy a viajar con Karen, mi nueva maleta, a ver qué tal. Esta noche tenemos una cita con Júpiter y la última parada en Kyoto del Gran Reto de Comidas, que continuará en Tokyo los días 27, 28 y 29.

Lo estamos pasando muy bien, la verdad. ¡Mañana más!

Javi

PD: Sí, la sociedad japonesa es consumista: todo el mundo trabaja y gasta a todo meter. Les gustan las sorpresas, por eso prosperan negocios como las máquinas de bolas con regalos desconocidos, sobres sorpresa y todo tipo de ludopatía con un premio garantizado, aunque sea mierdoso. Y son coleccionistas, por eso aún hay tiendas de vinilos y CDs por aquí, como si fuese España en los años 90. Es maravilloso. Me representan.

PD2: Kyoto tiene un delicado equilibrio entre tradición y tecnología; entiendo por qué le gusta tanto a Belén. Hay templos y se siguen muchas tradiciones basadas en el silencio, el respeto y el desear buenas cosas a las personas y a la vez, muchas opciones de hacer prácticamente cualquier cosa que se te ocurra. Hay que venir aquí una vez en la vida.

lunes, 24 de agosto de 2026

Japón, día 9: Calor, templos y actividad paranormal en Kyoto



Hola a todos desde Kyoto. Por fin había pillado un poco de sueño, estaba durmiendo la siesta tan tranquilamente cuando ha sonado un trueno acojonante, del verbo asustar. Tanta ha sido la cosa que Nacho ha bajado las escaleras y ha soltado siete u ocho palabras malsonantes con una expresión de miedo parecida a la de haber visto a Satanás en la puerta del Airbnb. Belén está por ahí, dando una vuelta por una de sus ciudades favoritas del mundo. Luego intentaré convencerla de que escriba un poco sobre su experiencia porque está siendo muy chula, y es mejor que leerme a mí divagar sobre cómo estaba durmiendo la siesta y demás mierdas parecidas.




Ayer nos quedamos en el Gran Reto de Comidas, que empezó con Nacho petándolo a lo grande. Nos llevó a un yakiniku, restaurante especializado en carne, muy distinto al que nos llevó David por la mañana. Menos refinado pero en pleno centro turístico y con carne y marisco. Las vieiras con mantequilla fueron especialmente buenas, y probamos seis tipos distintos de carne y un postre espectacular. Sí, es crema catalana, ¡en Kyoto! Una gran experiencia. El Gran Reto de Comidas continúa esta noche con mi sorpresa, que espero que sea muy especial. Ya os contaré, es una pasada.



Después nos fuimos a un par de bares que estaban muy cerca del restaurante del reto. El primero se llamaba Joker: un bar muy guay en el sótano del hotel con una parroquia muy fiel, todos se conocían y se saludaban, y la Asahi mejor tirada de Japón: bien fría y en una jarra muy gruesa. La música no era muy buena y eso arruinó la experiencia. Nos fuimos a otro bar llamado Rocking IMG en la segunda planta de un edificio. El camarero parecía el hermano gemelo del dueño del MAC Bar de Hiroshima, les enseñamos los discos que había comprado en Tower Records y empezó a poner música de David Byrne y The Strokes. Estuvimos jugando a las cartas, escuchando música y saludando al camarero, que al final se llevó una de las Bolsas del Amor de Belén. Hasta nos puso un par de canciones de Extremoduro. 




Ah, las Bolsas del Amor. ¡Qué momentazos nos están proporcionando! Regalamos dos en Tower Records y se pusieron súper contentos. Hoy hemos dado una Bolsa del Amor a un taxista perfectamente uniformado que utilizaba el Google Translate para que el recorrido fuese un poco más turístico. Ha habido dos chavales japoneses que han accedido a hacerse una foto con Belén y también han recibido amor. En forma de bolsita, no piensen mal, coño.






Hoy ha hecho un calor horroroso, histórico, algo así como 40 grados con una humedad relativa del 70%. Hacía más calor que en una barbacoa en Mercurio, que haciendo flexiones dentro de un asador de pollos, que cargando sacos de arena en el centro del desierto del Sáhara, donde sale la H intercalada en el mapa. Un calor de mierda, vaya, y encima a mí se me han olvidado los libros que estamos sellando en los templos. Nos dimos cuenta antes de subir al autobús y tomamos la sabia decisión de ir a todas partes en taxi en vez de cocernos vivos en la calle. Total, ¿qué son 50 EUR extra en un viaje así para cuatro taxis de trayectos largos? Creo que ha sido la mejor decisión del día.



Nuestra primera parada fue el Pabellón Dorado, o Templo Kinkaku-ji. Es el que sale en la portada del blog y, por supuesto, es una pasada haber tenido la oportunidad de volver. Era un día horrorosamente soleado y eso hizo que el pabellón dorado se reflejara en el agua. Hasta aquí todas las ventajas de tener sol en el día de hoy. Media hora hemos durado en el puto pabellón dorado, abrasados por el calor, sudando la gota gorda, medio mareados del impacto del sol. Hemos sellado nuestros libros en el pabellón dorado, era importante para nosotros. Ha sido muy especial volver.







Tras tomar algo fresco en literalmente CUALQUIER SITIO QUE TUVIESE AIRE ACONDICIONADO, nos fuimos al Bosque de Bambú de Arashiyama, con un número creciente de turistas, incluyendo muchos italianos y unos indios muy maleducados gritando y saltándose las pocas normas que había en el parque. Hijos de puta. No nos veréis en la India ni aunque tengamos que recibir un Óscar de Bollywood. Por cierto, no hay tantos españoles como decían. Se ve que el año pasado vinieron muchos españoles a Japón, y este año hay algunos, pero no son hordas de hispanos.










Nuestra tercera parada ha sido el Mercado de Nishiki, también ultraturístico. Allí la gente va a comprar souvenirs y todo tipo de mierdas, y a comer. Vaya, lo que viene a ser un típico mercado asiático. Hemos comido por menos de 10 EUR por cabeza: Nacho ha tirado por el udón, Belén por las gyozas y yo me he pedido una cosa imposible de describir que era como un okonomiyaki de pulpo. Estaba bueno.












Ahí nos hemos separado: Nacho y yo hemos ido a comprar un par de camisetas a Adidas y también he pillado una de Japan Underground, una tienda muy chula con pop-up stores por todo Kyoto. Hoy estaban en una tienda tradicional de kimonos, cágate. Belén ha tenido una tarde más productiva. Os dejo con ella y se despide hasta mañana su humilde servidor Javi.



(anexo by Belén)


Belén a la fuga: después de comer, estos dos estaban más apagados que un televisor viejo a las tres de la mañana, así que he decidido abandonarlos elegantemente... vosotros os vais de siesta, y yo de petardeo por Kyoto. La verdad es que no tenía un plan, pero sabía que en algún momento iba a darme un masaje y me ha parecido una ocasión perfecta para darme un meneo.

Me he decantado por un centro llamado PLATINUM AROMA, sí, lo sé, suena a puticlub con olor a pachuli, pero no, nada más lejos de la realidad. Es un centro muy serio ubicado en la séptima planta de un edificio. Me han hecho un masaje de espalda y cabeza de 60 minutos por 5500 yenes, lo que viene a ser unos 30 EUR y ya os puedo decir que ha sido una de las mejores inversiones del viaje. La locura ha llegado al final, cuando la baba ya se me caía por el lado del gusto, le di las gracias a la masajista por su maravilloso trabajo y me dice señalando el techo:

ELLA: ¿Mamá?, como preguntando si mi madre está en el Cielo (muerta, vaya), le digo que sí y me dice:

MAMA SAYS COOKIE, LIKE BISCUIT.

Me he quedado un poquito en shock, porque a mi madre le llamábamos cariñosamente Cuqui y le digo: ¿cómo? Me lo vuelve a repetir y utilizando el traductor online, le he explicado que a mi madre le llamábamos Cuqui, ella ha asentido amorosamente y se ha marchado... no sé, creo que es lo más paranormal que me ha pasado en la vida, de todas maneras me ha sacado una sonrisa de amor. Seguro que ella está viajando conmigo; le encantaba viajar.








Después del fenómeno paranormal, del masaje y de dar vueltas por diferentes tiendas, bazares y callejones escondidos, me he decidido a hacer algo que no había hecho nunca: me he ido a un bar de animales. Lo sé, habrá quien diga que es explotación animal, pero ya os digo yo que a esos bichos se les trata mejor que a mí, pero a lo que voy y sin spoilers: había muchísimas opciones en 300 metros a la redonda: bar de hurones (paso, seguro que me muerden y además me recuerdan al Gran Lebowski), de gatos (menos, Javi y Nacho son alérgicos, solo me faltaba que se les pusieran los ojos como a Bob Marley por mi culpa), de cerditos vietnamitas, me lo he pensado, pero soy muy de comer cerdo y me ha dado cosita, de buhos... a este quiero ir con Nacho, puede ser la leche, así que finalmente me he decidido por un bar de perretes vestidos con tutús y puntillas y ha sido divertidísimo.




La cosa funciona así: primero, no entra todo el mundo; si te ven chungo, alcoholizado o violento, no entras, pero oh sorpresa, a mí me han dejado entrar. Pagas por el tiempo con los perros y puedes beber mientras estés allí y está incluido: hay una máquina de refrescos, agua y té. Solo puedes subir con tu móvil, sin zapatos y sin bolso, se deja todo en un locker.



Una vez que te has despojado de tus pertenencias, subes y te encuentras con un panorama absolutamente amoroso: unos 10 perretes vestidos que se acercan a saludarte. Te sientas, te ponen una mantita y ellos deciden si vienen a sentarse contigo. Ha sido como estar en una fiesta de los Bridgerton perruna, que monería oiga, que derroche de bonitez, de amor perruno, de sobredosis de corazoncitos rosas... vaya, me he muerto y resucitado de amor en varias ocasiones. Después de tantos inputs locos he decidido volver a casa para compartir con los chicos todas mis aventuras, que no han sido pocas.



Tengo que decir que Nacho es un excelente compañero de viaje, es divertido, se adapta a todo, come de todo, está siendo genial compartir con él esta Aventura Global y mira que yo tenía mil miedos, pero ya se han esfumado.

PS: Cuqui, mensaje recibido, ¡te quiero mucho!





PS2: Hemos visto un bar de armas, tal cual. Subes y disparas lo que quieras, y está permitido el acceso a los niños. Impensable.

PS3: ¿Qué mejor forma de premiar a los lectores del blog por llegar hasta aquí que con un Reto de Bebidas? ¡Vamos!

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