lunes, 20 de julio de 2026

Maldivas, días 7-8: el final de otra Aventura



La verdad es que nos dio mucha pena irnos de Rasdhoo. Fuimos muy felices allí, disfrutando de sus aguas turquesas y la amabilidad de la gente local, pero todas las cosas buenas llegan a su fin y era hora de volver a nuestras vidas en Barcelona por cortesía de Turkish Airlines. Creo que hablo por los dos cuando digo que nos habríamos quedado allí dos meses más. Mentalmente volvemos a Rasdhoo de vez en cuando para encontrar la paz mental. Fue una pasada.

De todos modos teníamos tiempo para un último bañito en la bikini beach y no renunciamos a semejante privilegio. De camino paramos en el bar de Felipe para darle una bolsa de mantecados que nos había sobrado. El tipo se puso muy contento y es que claro, allí no hay nada que se parezca a los mantecados, principalmente por dos motivos: uno, está prohibido celebrar la Navidad y dos, los mantecados llevan manteca, que es de cerdo, y en Rasdhoo son musulmanes. Felipe podría haberse enrollado e invitarnos a un café, pero no lo hizo. Aun así nos cae bien.



No he hablado de los cocos de Mohamed. No, no tiene unos cojones de cinco kilos cada uno que cuelguen de su escroto como si fuesen cocos, no va por ahí, y lo siento por la imagen mental que acabo de generar. Hay muchos cocos en Maldivas y Mohamed sabe cómo cortarlo y prepararlo estupendamente, y siempre tenía coco preparado para Belén. Desde que el proceso empezó muchos meses antes, Mohamed y Belén han tenido muy buen rollo y gran respeto entre ellos. Lo del coco era una prueba más de ese respeto.

También fue una señal de respeto que Mohamed cogiese su motocarro y nos acompañase a la terminal del ferry para no cargar con las maletas. El problema es que para bajar del motocarro puso un banquito muy inestable que cedió cuando fui a bajar yo y pegué una hostia bastante considerable. A ver, me caí de culo y no llegué a dar con la cabeza en el suelo, pero la reacción de todos, Belén incluída, cuando me levanté era de como si me hubiese caído por un barranco. Supongo que fue más aparatosa que otra cosa, me hice un poco de daño pero joder, soy un tipo duro, caerme delante de dos docenas de locales descojonados por dentro no iba a hacer que me arrugase.






Fuimos una hora en ferry hasta Malé sin problemas. Estaba un poco cagado, visto mi ultimo precedente en un barco, pero esta vez me comporté. Malé es una auténtica pocilga de sitio, un asco, una ciudad fea con un caos circulatorio que solo habíamos visto en Vietnam hace muchos, muchos años. Tras intentar dar una vuelta por la ciudad, decidimos ir a un mercado, que siempre da juego. Era un mercado de pescado, fruta y verdura en el que se había ido la luz, con un olor penetrante a putamierda absoluta y moscas por todas partes. Compramos unos plátanos y unas mandarinas que estaban bastante buenas, aunque no llegan al nivel de las de Nueva Zelanda, que son la calidad absoluta.



Fuimos a cenar en un sitio llamado Crab.Lob que no estuvo mal, aunque prometía más de lo que parecía. No cenamos mal, vaya. Dimos una vuelta por un par de tiendas y visto el calor que hacía, decidimos que una retirada a tiempo era una victoria. La verdad es que no apunté mucho de Malé, del hotel (que era muy extraño y no tenía piscina como nos habían prometido) ni de nada más, lo que queríamos era salir de aquí o en el mejor de los casos, volver a Rasdhoo.





Nos despertamos a las seis de la mañana y compartimos transporte con unos seres ruidosos que no callaban ni debajo del agua. Joder, a según qué horas hay que saber comportarse. Hicimos un poco el chorra en el aeropuerto, gastando los pichurros que nos sobraban y bromeando con el tema de que íbamos en business: después de todo, era el día de los inocentes. Nos cobraron 13 dólares por dos cafés, eso sí que fue una broma de mal gusto.





Volamos con muchísimo espacio en el avión, tres asientos para cada uno, y se notó porque estuvimos frescos el resto del viaje, incluyendo un larguísimo stopover en Estambul en el que abusamos de la confianza de mi amigo Kerem, viejo conocido del blog, y nos autoinvitamos a uno de sus restaurantes en el aeropuerto. Esta vez no nos encontramos con ninguna secta rara ni nada. Pero vaya, volar de esa manera, espatarrados durante nueve horas, es un privilegio cada vez menos común. Te permite gestionar las horas de sueño perfectamente. 






Mirando hacia atrás, fueron unos días increíbles y la mejor Navidad que hemos pasado: tranquilos, relajados, con mucho tiempo de calidad y compartiendo muchas cosas juntos en un sitio en el que no habíamos estado, en un nuevo ambiente y en un país distinto. Repetiremos la experiencia cuando sea posible, no necesariamente en las Maldivas. Pero estamos seguro que habrá más escapadas navideñas. Ho, ho, ho!

Maldivas, Día 6: fiesta y Betadine




Llegamos a nuestro sexto día de aventura en las Maldivas. Habían pasado dos días desde mi mal momento en la excursión, en el que batí el récord del mundo de vomitar en un barco en marcha. El día anterior habíamos descubierto un agujero abisal en la playa que hacía que viésemos todo tipo de peces, con tal mala suerte que Belén se encontró con un tiburón cara a cara. Una cosa así hace que te plantees volver al mismo sitio, claro, porque aunque nos dicen que no hacen nada y que son muy mansos, un tiburón no deja de ser un bicho con unos dientes muy grande y afilados que puede morderle el culo y llevarse media nalga si tiene un poco de hambre.







La mañana fue bastante tranquila, la verdad. Puedo decir que me he afeitado en las Maldivas escuchando a los Chanclas, lo cual nunca olvidaré, por supuesto. Me imagino a mí mismo leyendo esto en 2030 y pensando "bueno, si dije que pasó, supongo que es lo que pasó". Tuve un incidente curándome una herida del pie con Betadine encima de la cama. No soy el tipo más habilidoso del mundo y desparramé el gel por las sábanas blancas. Cualquier persona pensaría que me había cagado en las sábanas, vaya. ¿Por qué el Betadine tiene ese color marrón diarreico? De todos los colores, ¿por qué ese?







No quería que la gente del hotel piense que soy un guarro, así que dejé un cartel que ponía "no es mierda, es Betadine". Nunca se sabe lo que puede pensar la gente. Me imaginaba volviendo al hotel y todos descojonándose de mí. Pasamos la mañana con Jesús y Mariví y comimos los cuatro en el Gabbiano, que es el restaurante más molón de Rasdhoo. Es un restaurante con una terraza mirando al mar y a Isla Rica. Las vistas son brutales. Está muy bien porque puedes pillar el wi-fi de Isla Rica, que a ratos es más potente que el del propio Gabbiano.

Decidimos volver al Gran Agujero. Belén no quería ir sola, dados los precedentes, y yo no me quería marear otra vez, visto lo visto, así que llegamos a una solución de compromiso: iríamos juntos, pero yo no bucearía ni me pondría gafas ni nada. Y así lo hicimos, llegamos al agujero y Belén pudo ver mogollón de peces. A ver, al final sí que metí la cabeza para no perderme el espectáculo, que es impresionante. Es como estar dentro de un acuario de peces tropicales, con todo tipo de colores y tamaños.





La noche fue bastante más entretenida, cosas que pasan sin pretenderlo. No empezó muy bien, porque cenamos como el culo en el Lemon Drop. Belén pidió una pasta que estaba malísima, pasadísima, y yo pedí una sopa que picaba muchísimo, no sé qué le habrían echado. Decidimos dar un paseo por la isla y ahí es donde sucedió la magia: llegamos a una fiesta de la gente local en la calle. Celebraban un magno evento, algo que definitivamente llenó a toda la isla de gran jolgorio y algarabía: la circuncisión del hijo del gobernador.



Fue sensacional: música en la calle, todo el mundo bailando, los locales sacando a las guiris a bailar (supongo que así empiezan algunas relaciones por aquí) y de repente, entre la multitud, un tipo local con un jersey de los Smiths, mi grupo favorito. ¿Cómo habría llegado allí? ¿Sería fan de The Smiths? Y sobre todo, ¿cómo no se moría de calor con un jersey puesto, el muy cabrón?



Volvimos al Gabbiano para comprobar una cosa que nos habían dicho: que los tiburones llegaban a la orilla de noche buscando la luz del restaurante, y era completamente cierto: estaba plagado de tiburones y acojonaba bastante, algunos eran bichos bastante grandes. Dimos un largo paseo, de punta a punta de la isla (que no es muy grande, pero en fin), pasando por las calles sin nombre y comprobando que las pocas alcantarillas que hay son polacas.

Nos quedaba un día en Rasdhoo antes de volver y le íbamos a sacar bastante provecho. ¡Qué pedazo de viaje!