Habíamos contratado una excursión a través de Mohamed: un viaje privado en barco a un lugar en el medio de la nada donde te podías sumergir con un snorkel y ver tortugas marinas, tiburones y todo tipo de peces tropicales. Llevábamos muchos días esperando el momento de meternos en el agua y contemplar las maravillas que hay ahí abajo. Todo fue bien, Mohamed nos subió en su carricoche supersónico y nos presentó a Sipé, esbelto, mayor, curtido por la mar, pelazo que te cagas. Sería nuestro guía durante la excursión, que duraría un par de horas. Un tío hecho y derecho, un viejo lobo de mar pero flaco y recto como un junco. Mirad cómo se movía el barco, es una pista de lo que viene después...
Nos subimos en el barco y todo iba bien, vaya. La brisa marina nos daba en la cara, íbamos haciendo bromas sobre los animales que íbamos a ver bajo el agua, incluso hice un vídeo para recordar el camino de ida hacia el punto estratégico donde paraíamos 15 minutos después.
Todo iba bien, sí. Hasta que dejó de ir bien.
Me empecé a encontrar mal. Lo mío con los barcos ya viene de lejos, concretamente de una excursión en nuestro viaje de bodas en Australia 2006 a un cayo perdido en el medio de la nada llamado Upolu. Fue mi principal exigencia del viaje y pasó todo el camino de ida y vuelta potando como un loco. Aquella noche acabó con Belén arrastrándome al único bar abierto y cantando en un karaoke con aborígenes hasta que me quedé sin voz. Fue a la vez uno de los mejores y peores día de mi vida. Pero volvemos a lo que nos ocupa. Me estoy encontrando mal. Me tomé una Biodramina antes de salir, pero ahora mismo es como si me hubiese comido un caramelo de los Reyes Magos del año pasado.
No hay vuelta atrás. Tengo que potar. Y tengo que echarlo por la borda, no hay otra opción. Empiezo a vomitar haciendo un ruido como si despellejasen a un cerdo, no entiendo aún por qué me salió así. Una ves. Dos. Tres. Diez. Esto es un no parar. No sé de dónde sale tanto líquido. Los peces se tienen que estar poniendo finos de galletas. Qué hijos de puta. Belén hace lo que puede, intenta que se pase el tema, pero yo no puedo parar. Ya vomito sin nada en el estómago. Estoy del revés.
Paramos el motor. Qué bien, hemos llegado al punto que queríamos, pero el barco no para de moverse y eso no me ayuda para nada. Sigo potando mientras Belén se prepara para la inmersión. Ella baja en seguida y por algún motivo que aún desconozco, a mí me dicen que me espere. Un minuto. Dos. Tres. Y yo más mareado que si hubiese salido de una centrifugadora.
- Sipé, amigo mío, déjame bajar, coño, que si sigo en este barco me va a dar algo, shurra mía.
+ Nah, espera un momento
- Sipé, prometo potarte de arriba abajo si no me dejas bajar del barco. Cuando vuelva a Isla Pobre encontraré un arma de fuego y te pegaré un tiro en el culo
+ Que te esperes, coño, puto guiri mareao. Menos mal que hemos prohibido el alcohol, que si no, cualquier te aguanta, so mamón.
- Una polla me voy a esperar (saltando a plomo desde el barco).
Bueno, algo así que vi. Fue un poco humillante que Sipé me llevaba de la manita, esa hombre recio, mayor, llevando al guiri mareado de turno de la manita. Pude estar dos minutos o así mirando alguna ortuga y poco más. Belén estuvo un poco más, serían 6-7 minutos. Bajé pensando que estaría mejor, pero qué va, estaba reventadísimo, así que decidimos abortar misión. Belen me prometió que haría la excursión sin mí, aunque lo que estaba haciendo era una prueba de amor para sacarme de allí, visto lo dantesco de mi situación. Por eso hay pocas fotos, porque mi siruación era más bien alarmante. Me estaba deshaciendo, vaya. Eso me pasa por cagar en el mar el día anterior. Sí, era verdad. La venganza de Neptuno.
Lo fácil era dejarme allí tirado pero tuvieron compasión de mí y volvimos. El numerito que monté subiendo al barco fue gordo, estoy seguro que aún hablan de él en Rasdhoo. Subí al barco como pude, acabé con los dos pies para arriba y cuando me di cuenta, llevaba el culo destapado. Tuve la suerte de que nadie inmortalizó el momento y solo os lo podéis imaginar, yo con ese culo blanco al aire tirado en un barco en el medio de la gana en una condición física claramnete subhumana. El camino de vuelta fue igual, sin parar de potar. La última arcada fue la mayor, no sé de dónde salió tanto líquido después de las 356 anteriores. No nos cobraron la excursión y acabé en el hotel en estado semicamotoso durmiendo una siesta larguísima.
Comimos en el Drop, un sitio al lado de la bikini beach regentado por Felipe, que es de Barcelona y lleva allí un tiempo. Sin conocernos, lo primero que hizo fue pegarnos una rajada acojonante de los locales, diciendo que los tíos eran lo más machista del mundo. También nos contó que está prohibida la Navidad y que no se puede celebrar nada de nada. Felipe me cayó bien, estaba dispuesto a rajar todo lo que hiciese falta. Fuimos a la bikini beach por primera vez, vimos muchos peces y hacía un día muy soleado. Claramente en Isla Pobre la mejor playa es para los guiris. Por cierto, que estaban construyendo por todas partes y en cinco años Rasdhoo será una isla turística más. Una pena, pero así funciona el mundo ahora mismo.
Volvimos a la habitación. Se había acabado el papel del WC así que fui a por un rollo
- Illo, Mohamed, por favor, dame un rollo de papel del WC, que no tenemos.
+ ¿Y tú para qué quieras papel del bate, hijo mío, si ya te ha visto el culo toda la isla? AAAAHAHAHAHAHAH
- ¿Qué? ¡Hijoputa!
+ Se llaman Potasio, que lo sepas. También te llaman el guiri del culo albino
(esto no pasó realmente, es por darle un toque de comedia, pero sospecho que Mohamed sí supo lo que había pasado por cómo se reía el muy cabrón)
Como nos gustó el rollo del Drop, su cáustico dueño y la bikini beach, volvimos por la tarde. Hay una calle que va de un lado al otro de la isla y que pasaba por un campo de fútbol bastante bien montado. Fuimos arriba y abajo de esta calle docenas de veces, era una pasada ver a la gente local. Felipe nos contó que la montaña más alta de Maldivas es directamente de mierda. Es una isla de residuos donde todo el mundo tira la basura y hay tanta que es la montaña más alta del país. Tiene cojones, ¿eh? Había un menú de Nochebuena encubierto y es donde hicimos una cena de Nochebuena, comiendo crispy chicken en un chiringuito de las Maldivas. Life is good.
Cartas, vinito y gintonic, así acabó nuestra Nochebuena. Las locales nunca miran a nadie a los ojos. Ellos son guapos y bastante machirulos,como nos dijo Felipe. Alguna Sugar Mommy vimos, señoras de avanzada edad con novios locales. No entro a valorarlo, si todo el mundo está de acuerdo, estupendo, viva el amor.
Así fue nuestra nochebuena. Y mañana, Navidad...




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