viernes, 28 de agosto de 2026

Japón, días 12-13: El Monte Fuji y el poderoso Buda


Hola a todos desde Tokyo. Acabamos de volver de una de las excursiones más alucinantes que hemos hecho en casi 25 años viajando juntos, viendo el Monte Fuji desde distintos puntos con total visibilidad. Ya llegaremos a eso porque, como sabéis, me gusta ir en orden cronológico y ayer no hubo entrada de blog, así que comenzamos. Aventura Global, por taxi, tren, metro, barco, coche privado y a pata, que es muy sano.




Ayer nos despertamos en el fabuloso hotel Nikko Style de Nagoya y nos fuimos a la estación en un taxi muy grande, para que cupiesen las maletas. Uber funciona increíblemente bien en Japón y a precios muy razonables, así que pillamos un taxi bastante tocho para llevar todo (tres maletas, tres bolsas de mano y algún que otro extra). Llegamos con bastante tiempo a la estación y ya sabéis que nos manejamos bien con los trenes japoneses, así que nos dio tiempo a desayunar, llegar al sitio correcto y hasta hacer alguna broma que parece que está cogiendo velocidad en YouTube, ojo. Belén encontró una manera muy imaginativa de llevar las maletas en el tren.






Llegamos a Tokyo y directamente nos fuimos a Shinjuku a hacer las últimas compras que nos faltaban. Me fui por mi cuenta a una tienda de discos llamada Disk Union que es casi imbatible por variedad, calidad y precio. Estuve una hora y media en Disk Union y luego me reuní con Nacho y Belén para ir al Don Quijote, una caótica cadena de tiendas de artículos rebajados que está por todo Japón. La distribución de la tienda es kafkiana. Igual en un pasillo hay cosméticos, en el siguiente mil Hello Kittys distintas, en el siguiente chucherías y en el siguiente polvos para hacer té matcha. Es de locos, pero Belén y Nacho encontraron lo que buscaban. Yo también, pero en una de las 573 millones de droguerías que hay por todo Japón.





Quedamos a cenar con Sakura, la sobrina de nuestro amigo Carlos, que está en Tokyo trabajando. Sakura es hija de español y japonesa, y habla perfectamente los dos idiomas. Empezaba el Gran Reto de Comidas en Tokyo con Nacho llevándonos a un restaurante en una calle muy coqueta a comer una de las delicatessen locales: carne de caballo. Comimos un poco de todo (eso sí, nada de pimientos) y pasamos un buen rato sin pasarnos, porque hoy tocaba un madrugón de esos que nadie en su sano juicio se mete en vacaciones. El fin justificaba los medios: íbamos al Monte Fuji.








Lo normal es que no se vea un carajo, porque el Monte Fuji está ubicado en un sitio metereológicamente inestable. La montaña se ve sin nubes y con total claridad unos 80 días al año, casi todos de noviembre a febrero. En 2015 ni lo intentamos porque llovía cada día y estaba más nublado que en el salón cerrado de Jamaica donde se casó Bob Marley. Incluso hay webs como Is It Visible que te dicen si se ve o no. Pues bien, hoy se ha visto de puta madre. Visibilidad total. Hemos tenido suerte y ha sido genial.










La primera parada de la excursión fue en la Pagoda Chureito en el parque Arakurayama Sengen. Todo esto lo he tenido que mirar en Google porque el guía pakistaní no daba ningún dato en absoluto. "Vamos al sitio ese donde todo el mundo se hace la foto de la pagoda". Ya, pero ¿cómo se llama, shosho? Hay que subir unos 500 escalones para hacerse la foto, lo cual en casi cualquier otra circunstancia hubiese significado que iba a subir su puta madre, pero hablamos de uno de los puntos fotográficos más deseados del planeta en un día con total visibilidad. Y vaya si mereció la pena.







De ahí nos fuimos a otro punto en el que había unas grandes vistas del Monte Fuji con algo de visita cultural costumbrista, una aldea llamada Saiko Iyashi no Sato Nemba. Pero antes paramos a comprar fruta porque teníamos antojo de melocotón, que es carísimo aquí y queríamos ver por qué. Paramos en un puesto al lado de la carretera en la que había un buda feliz con un nabo y dos huevos gigantescos, descomunales, ofensivos. Es mejor que lo vean. El siguiente video muestra el momento exacto en el que uno de los tres (en este caso, un servidor) se da cuenta de lo que hay.






¿Pero quién ha puesto esa estatua allí? Debajo de la polla le habían puesto una botella de alcohol, que ya es lo que faltaba. Es sin duda lo más faltón que he visto en mi vida, otro nivel. Lo llamamos Happy, Happy Buda. Ah sí, el melocotón estaba bastante bueno. Y la aldea también mola, curiosa y con buenas vistas. Mandamos a Nacho a una cueva de hielo en la que en algunos puntos la altura máxima era de 91 centímetros. Si llego a entrar, me tienen que sacar en ambulancia, con la espalda partida, la crisma rota o las dos cosas. Hay cosas que es mejor perderse. Mejor esperar a Nacho tomando un café. 








Por fin llegamos al que para mí era el punto fotográfico que realmente quería ver, el Lago Kawaguchi. Seguramente todos habéis visto la foto esa del Monte Fuji reflejado en un lago. Bueno, está ahí. El caso es que nuestro nefasto guía nos dejó allí en plan, "hala, vuelvo en hora y media, apañaros", pero no veíamos el Monte Fuji por ningún sitio. Parecía un timo de dimensiones desproporcionadas, así que nos fuimos a comer. El guía nos propuso alquilar un hidropedal por 6.000 yenes. Como no nos quedaba tiempo, cogimos un barco turístico por 1.000 yenes cada uno a ver si veíamos algo. En cuanto vas al centro del lago, el Monte Fuji es visible de forma impresionante, majestuosa, maravillosa. El paseíto en barco dura 20 minutos y es perfecto para admirar la montaña más famosa de Japón.










Por último, paramos en un Lawson donde la gente se hace una foto muy icónica, pero a mí personalmente me pareció un timo comparado con todo lo que habíamos visto. El guía casi se queda dormido en el trayecto de vuelta a casa, el muy cabrón tuvo que parar para echarse agua en la cara. ¿Qué más podemos pedir? Vimos el Monte Fuji desde tres ángulos impresionantes y encima vimos a Buda con la polla y los huevos fuera. Un día completo.

Esta tarde sigue el Gran Reto de Comidas. Echarán ustedes de menos el Reto de Bebidas, pero eso es algo que escapa a mi control: yo bebo, no planeo este putiferio de reto. :) Además, esta noche hay karaoke y mañana nos vamos un rato a Akihabara.

¡Nos queda poco tiempo en Japón, pero le vamos a sacar todo el provecho que podamos! Os dejo con tres postdatas. 

PD: Estoy adicto a los smoothies del 7-Eleven. Los descubrí hace tres días y no puedo parar. Vamos a echar mucho de menos nuestra parada en el 7-Eleven, Lawson o Family Mart de turno.



PD2: En las estaciones de tren de Japón hay cabinas para trabajar. Sueltas la pasta y te encierras allí a trabajar. Miserables.

PD3: Hoy os dejamos con un par de vídeos cortos que ha hecho Belén sobre los WC japoneses. Enjoy.





miércoles, 26 de agosto de 2026

Japón, día 11: Reflexiones desde Nagoya (sin premio)



Hola a todos desde Nagoya, sitio de gente amable, calor insoportable y rima tan fácil como malsonante. Está siendo un ejercicio de constricción importante: el Castillo de Nagoya se llama oficialmente Nagoyajo y casi todos los taxis que hemos cogido tenían matrículas acabadas en cinco. Dan ganas de empezar a soltar premios a izquierda y derecha: todas las rimas son chungas.



Lo de anoche fue muy divertido. Belén nos llevó a un sitio en el que podías beber lo que quisieras durante dos horas, dentro de una selección de bebidas del local, y teníamos un menú de ocho platos. Nos acompañó Júpiter, que andaba por Kyoto con un grupo de 200 indios, trabajando de guía turístico. Dios lo tenga en su gloria. No me puedo imaginar lo bordes que pueden ser 200 indios con pasta. En fin, el caso es que lo pasamos muy bien. Antes de cenar nos fuimos al Rocking ING Bar por tercera noche consecutiva. Nos encanta, la verdad, esta vez Haco, el dueño y camarero, hasta puso a Sopa de Cabra y Surfin' Bichos. El tipo, por algún motivo, controla de rock español de los 80 y 90. Sitio recomendadísimo para beberse una Asahi bien fría.



Tras un agradable paseo de unos 10 minutos, llegamos al restaurante que eligió Belén para el Gran Reto de Comidas. Estuvimos de risas toda la noche, pero el momento clave vino cuando nos trajeron cuatro pimientos fritos, como los de Padrón pero recién traídos desde las mismas entrañas del infierno. Belén probó el primero y sin problemas, no picaba. Oh, qué rico está el pimiento. Júpiter probó y bueno, picaba pero era soportable. Probamos Nacho y yo... y prácticamente nos ardió la boca. Agua, agua, hielo, algo, ahhh... Creo que no he probado nada más picante en mi vida, así que, como soy gilipollas, pensé, bueno, igual soy yo, y pegué un segundo bocado. Toses. Lágrimas. Garganta y paladar ardiendo. Lengua a 150 grados centígrados. Cuando se nos pasó el efecto unos 15 minutos después, dije la frase que desencadenó el ataque de risa.

- Joder, pues si me dan a elegir entre una buena patada en los huevos o morder otra vez el pimiento, directamente me abro de piernas y el que sea que vaya cogiendo carrerilla.

Belén, Nacho y yo llorábamos de risa y Júpiter no lo entendía del todo, pero se reía igual, y eso hacía que nos diese más risa todavía. Belén me ha dado permiso para contar otro momento gracioso de ayer en el Fushimi Inari que omití por prudencia. Estábamos en un pequeño templo y Belén dijo:

- Aquí hay que dar tres palmadas, hacer una reverencia y luego dar una palmada más.

+ Son dos palmadas, estoy casi seguro —dije yo. —Creo que son dos, ¿eh? —dijo Nacho.

- Que no, que son tres, dejaros de hostias.

+ Y al final hay que bailar una muñeira. Joder, si te vas a saltar el protocolo, hazlo con dos cojones.









Espero que Buda o los kami, que son los dioses sintoístas, tengan buen humor porque estábamos los tres muertos de risa en el santuario. La noche acabó en un bar muy exclusivo al que nos llevó Júpiter, con un camarero muy fino y elegante y un montón de botellas supercaras. Tomamos una copa, probando la ginebra y el vino locales, y nos fuimos a sobar.



Esta mañana hemos cogido el Shinkansen hasta Nagoya y dejado las cosas en el Nikko Style, nuestro excelente hotel de hoy, un cinco estrellas en pleno centro por un precio muy asequible. Nos han subido las cosas directamente a la habitación en cuanto estaba preparada, como en los hoteles buenos. Nuestra primera parada del día ha sido el Castillo de Nagoya, que se puede visitar por fuera pero no por dentro. La visita incluye el acceso al recinto y a algo llamado el Palacio de Hammaru, que es anexo al castillo y nos permite comprobar cómo vivían por allí en el siglo XVII (más bien aburrido, ¿eh?).














Decidimos ir a comer a un bar de Tonkatsu antes de ir al Museo de la Ciencia. Intentamos comer en uno al lado del castillo, pero había cola y no avanzaba, todo con 35 grados y humedad alta en la calle. De repente llegó un grupo de 50 españoles bastante palurdos, especialmente uno que dijo "qué bien, hoy comemos chino". Váyase usted a la mierda, paleto asqueroso, cuñao de los cojones, ojalá le sirvan el agua de la fregona y le digan que es sopa de miso. Si algo hacemos bien en este equipo es improvisar: miramos dónde estaba el museo y nos fuimos a un restaurante de Tonkatsu a dos calles, solo con comensales locales y comida excelente. Para mí, la mejor comida del viaje, y por 21 EUR por cabeza. Maravilloso.







El museo ha estado bien; es muy interactivo, pero el 99% de los carteles están en japonés, así que hemos hecho la especialidad de la casa hasta la hora de acceder al Planetario para el show que habíamos comprado. ¿Cuál es la especialidad de la casa? Coño, hacer el gilipollas y reírnos de la situación. El planetario era amplio, oscuro, espacioso y todo era en japonés con un tono muy monocorde. Y a las tres y pico de la tarde. Nos hemos quedado sobados los tres en distintas fases. Al parecer, a mí se me ha escapado un ronquido que ha hecho que estos dos se descojonen de risa otra vez. Soy gracioso hasta dormido, oigan. Estoy on fire.

Hemos dado un paseo por una calle comercial y luego iremos a cenar pizza, que nos apetece. He tomado notas todo el día de cosas que quería discutir sobre Japón, así que abro el Consultorio Turístico de Aventura Global. Si tenéis alguna pregunta sobre Japón, dejad un comentario en el blog y la respuesta llegará mañana o pasado (no sé si habrá blog mañana, vamos a estar un poco liados).

- Hay muchas palabras en Japón que se repiten sin cesar. En el metro, prácticamente cada locución empieza con algo que fonéticamente suena a "mamonaco". En realidad es Mamonaku y significa pronto, dentro de poco. También se escucha la palabra kudasai a todas horas, prácticamente en todas las frases. Significa "por favor". Arigato gozaimasu es la forma bonita de dar las gracias, y cuando te vas de un local, es arigato gozaimashita, lo mismo pero en pasado.




- La mayoría de los restaurantes en Japón no tienen postre. Si lo tienen, es muy probable que sea un restaurante más bien para guiris. El postre se lo suelen tomar fuera, en una cafetería, en un convenience store, donde sea.

- Hablando del convenience store, es impresionante cómo ha mejorado la calidad de los productos en los 7-Eleven, Lawson y Family Mart desde que fui a Taipei en 2001. Es acojonante. Ahora hay buenos smoothies, excelentes sándwiches y tremendas chocolatinas. Magnifico.





- Un punto y aparte son las máquinas de vending, todas del mismo fabricante, que debe tener una pasta gansa, el muy cabrón. El caso es que funcionan muy bien. Metes la pasta y en menos de tres segundos tras pulsar el botón, la bebida está disponible (y la bandeja se abre para fuera, que lo de que se abra para dentro es una mierda, estos tíos están en todo) y ya tienes el cambio. Es instantáneo. Debería ser un estándar mundial y que el tipo que las fabrica viva de rentas en una mansión con una playa privada en la que no le falte de nada.

Esto es todo lo que tengo para vosotros hoy. Mañana o pasado mañana, más cosas e historias desde Tokyo, última parada de la Aventura Global de Nacho. ¡Nos vemos!

PD: La pizza ha sido regulera. Confirma la teoría de ayer: no hay restaurantes europeos muy buenos en Asia. Sí que hay buenos restaurantes asiáticos en Europa. No sé si es la inmigración, el ir a países con más medios, ni idea, pero es así. 

martes, 25 de agosto de 2026

Japón, día 10: sudando en el Fushimi Inari



Hola a todos desde Kyoto. Mañana seguimos nuestra Aventura Global por la bonita ciudad de Nagoya, que ha recibido varios premios de sevillanía por su rima excesivamente malsonante. De momento estamos aquí hasta las 10:30 de la mañana. Vamos a intentar cambiar el billete de tren por uno más barato sin asiento reservado, como hicimos improvisando en Osaka. Si nos sale bien, es una jugada bastante buena.




Mi Gran Reto de Comidas de ayer era una cena en un restaurante de lujo en el corazón de Gion, el barrio de las geishas de Kyoto. Fue un menú de ocho platos con algunos de los mejores trozos de carne que hayamos probado en nuestras vidas. Nos cocinaron todo delante de nosotros con una atención al detalle y una exquisitez impresionante: cuando penséis en lo meticulosos que son los japoneses, no os hacéis una idea en realidad. ¿El precio? Es mejor que ciertos números no salgan a la luz, pero digamos que nunca había pagado tanto por una comida. Me dieron una buena hostia, vaya. :) 








Pero vaya si mereció la pena, qué cojones. Un día es un día, igual ninguno de los tres vuelve por aquí, ¿quién sabe? Acabamos la noche volviendo al Rocking ING bar, el mismo de la noche anterior. Intentamos ir a un bar de vinilos y estaba petado de guiris, así que fuimos sobre seguro a un bar en el que escuchar buena música, hacer coña con el camarero y echarnos unas buenas risas. De hecho, hoy volvemos al ING porque Júpiter está en Kyoto y hemos quedado con él.



Lo primero que he hecho al levantarme por la mañana es mirar la predicción del tiempo. Lo bueno es que no iba a llover y podíamos subir al Fushimi Inari sin problemas. Lo malo es que daban 39 grados con una humedad del 80%, o sea, un tiempo parecido al del apocalipsis. Bueno, eso no nos iba a frenar porque llevamos años queriendo hacer esto, Belén y yo, porque ya estuvimos, y Nacho porque lo había mirado.








El Fushimi Inari es un santuario sintoísta, no un templo, ubicado en la base del Monte Inari, montaña patrona de los negocios en Japón. El camino a la cima está cubierto por 32.000 torii, puertas naranjas que están puestas una detrás de otra. Hay varias formas de subir y nosotros hemos ido un poco por la que nos ha dado la gana. Los torii son donaciones de particulares, familias o empresas. También está la posibilidad de comprar pequeños toriis y pedir prosperidad para tu negocio, que es lo que ha hecho Belén para su efervescente negocio como directora de casting.



He perdido la cuenta, pero hemos debido subir unos 1.300 escalones, bajando también unos cuantos. Es un momento interesante para reflexionar, aunque, claro, está todo lleno de guiris, algunos respetuosos, pero otros haciendo el cafre. Llegamos bastante bien a la base del santuario, hay una parada de metro llamada Fushimi Inari que es final de trayecto, hay que ser muy torpe, rozando la incapacidad mental, para perderse. Una vez llegas ahí, se trata de subir y en un día como el nuestro en Kyoto, sudar.






A mitad de camino y tras 20 minutos subiendo y sudando la gota gorda, nos pasó rozando un jipi con una motocicleta a 140 kilómetros por hora, dándome una colleja, derrapando y frenando (sin tocar ningún torii, con una destreza increíble) a 10 metros de donde estábamos. Mientras se quitaba el casco, fui directamente a cagarme en todas sus muelas.

- A ver, pedazo de subnormal, que casi me matas. Además, ¿quién coño sube al Fushimi Inari con una Kawasaki Z1000, puto suicida?

+ (quitándose el casco) ¡¡¡CALVICHIIIIIIII!!! Qué viejo estás, cabrón miserable. 

- ¡COÑO, SI ES LEE E. FITTIPALDI! ¡BELÉN, MIRA QUIÉN ES!

Lee nos contó que toda la pasta que había ganado en los dos o tres últimos años la perdió en dos divorcios y jugando al cinquillo, así que ahora se había metido en algo llamado All Japan Road Race Championship (MFJ Superbike), donde estaba currándolos a todos porque "son unos mierdas que pisan el freno en cada curva". Nos gustó mucho ver a Lee otra vez, que siguió su camino para alcanzar la cima del Monte Inari en 17 segundos. Hay que recordar que Lee E. Fittipaldi no existe, es un personaje ficticio en este blog, producto de nuestra imaginación, e intentamos que su vida sea lo más interesante posible.






Volviendo a la realidad, sí, llegamos a la cima, que es bastante decepcionante. Sí, hay un santuario arriba, pero es una birria de santuario para la paliza que te pegas. Uno espera poco más o menos que el Vaticano, pero no. La montaña tiene un desnivel de 233 metros, que son 63 más que el Castillo de Montjuic en Barcelona, o sea, que hay que echarle cojones para subir en un día de calor abrasador: prácticamente hemos visto a Belcebú haciendo una barbacoa en la calle. Otra curiosidad que no viene en las guías: el agua vale cada vez más cara según subes, qué hijos de puta, tanto en tiendas como en máquinas expendedoras. Consejo: comprad botellas de agua congeladas en un convenience store y id bebiendo de allí.






Belén y yo hemos acabado reventados del todo. Nacho estaba fresco como una rosa con su camiseta del Sevilla de Ivica Dragutinovic que le he regalado por sorpresa antes de empezar el viaje, pero Belén y yo íbamos pidiendo la hora en la bajada. Belén ha aguantado como una titana con un mareo importante y yo estaba sudando por todas partes. Me caían gotas de sudor de la visera de la gorra; la he tenido que lavar. Ha habido un momento en que me he quitado la camiseta y la he exprimido para sacar sudor de allí, para el disgusto de unos guiris que me miraban como si estuviese loco. Al final hemos llegado abajo, completando nuestra misión, y lo hemos celebrado con Coca-Cola Zero con más hielo que en el iglú de Pingu.






No hemos hecho nada más así de interesante, pero yo os lo cuento para rellenar un poco el blog, por si no teníais suficiente con la gilipollez esta de Fittipaldi. Hemos ido a comer a un centro comercial, en un bar de pasta malísimo. Toda la cocina europea aquí es un auténtico asco comparada con la original. Lo contrario no es siempre así: en Europa hay buenos bares asiáticos en general y japoneses en particular, aunque no todos lo son ni muchísimo menos. Aquí nadie come cerdo agridulce o pollo con almendras, ni en China tampoco. Aquí lo que va son sopas, tonkatsu, bolas de pulpo, comida buena en general.

Hemos hecho un par de compras de las cuales no me está permitido revelar detalles, y nos hemos vuelto a nuestro tríplex en Kyoto para hacer las maletas. Por fin voy a viajar con Karen, mi nueva maleta, a ver qué tal. Esta noche tenemos una cita con Júpiter y la última parada en Kyoto del Gran Reto de Comidas, que continuará en Tokyo los días 27, 28 y 29.

Lo estamos pasando muy bien, la verdad. ¡Mañana más!

Javi

PD: Sí, la sociedad japonesa es consumista: todo el mundo trabaja y gasta a todo meter. Les gustan las sorpresas, por eso prosperan negocios como las máquinas de bolas con regalos desconocidos, sobres sorpresa y todo tipo de ludopatía con un premio garantizado, aunque sea mierdoso. Y son coleccionistas, por eso aún hay tiendas de vinilos y CDs por aquí, como si fuese España en los años 90. Es maravilloso. Me representan.

PD2: Kyoto tiene un delicado equilibrio entre tradición y tecnología; entiendo por qué le gusta tanto a Belén. Hay templos y se siguen muchas tradiciones basadas en el silencio, el respeto y el desear buenas cosas a las personas y a la vez, muchas opciones de hacer prácticamente cualquier cosa que se te ocurra. Hay que venir aquí una vez en la vida.