La mañana fue bastante tranquila, la verdad. Puedo decir que me he afeitado en las Maldivas escuchando a los Chanclas, lo cual nunca olvidaré, por supuesto. Me imagino a mí mismo leyendo esto en 2030 y pensando "bueno, si dije que pasó, supongo que es lo que pasó". Tuve un incidente curándome una herida del pie con Betadine encima de la cama. No soy el tipo más habilidoso del mundo y desparramé el gel por las sábanas blancas. Cualquier persona pensaría que me había cagado en las sábanas, vaya. ¿Por qué el Betadine tiene ese color marrón diarreico? De todos los colores, ¿por qué ese?
No quería que la gente del hotel piense que soy un guarro, así que dejé un cartel que ponía "no es mierda, es Betadine". Nunca se sabe lo que puede pensar la gente. Me imaginaba volviendo al hotel y todos descojonándose de mí. Pasamos la mañana con Jesús y Mariví y comimos los cuatro en el Gabbiano, que es el restaurante más molón de Rasdhoo. Es un restaurante con una terraza mirando al mar y a Isla Rica. Las vistas son brutales. Está muy bien porque puedes pillar el wi-fi de Isla Rica, que a ratos es más potente que el del propio Gabbiano.
Decidimos volver al Gran Agujero. Belén no quería ir sola, dados los precedentes, y yo no me quería marear otra vez, visto lo visto, así que llegamos a una solución de compromiso: iríamos juntos, pero yo no bucearía ni me pondría gafas ni nada. Y así lo hicimos, llegamos al agujero y Belén pudo ver mogollón de peces. A ver, al final sí que metí la cabeza para no perderme el espectáculo, que es impresionante. Es como estar dentro de un acuario de peces tropicales, con todo tipo de colores y tamaños.
La noche fue bastante más entretenida, cosas que pasan sin pretenderlo. No empezó muy bien, porque cenamos como el culo en el Lemon Drop. Belén pidió una pasta que estaba malísima, pasadísima, y yo pedí una sopa que picaba muchísimo, no sé qué le habrían echado. Decidimos dar un paseo por la isla y ahí es donde sucedió la magia: llegamos a una fiesta de la gente local en la calle. Celebraban un magno evento, algo que definitivamente llenó a toda la isla de gran jolgorio y algarabía: la circuncisión del hijo del gobernador.
Fue sensacional: música en la calle, todo el mundo bailando, los locales sacando a las guiris a bailar (supongo que así empiezan algunas relaciones por aquí) y de repente, entre la multitud, un tipo local con un jersey de los Smiths, mi grupo favorito. ¿Cómo habría llegado allí? ¿Sería fan de The Smiths? Y sobre todo, ¿cómo no se moría de calor con un jersey puesto, el muy cabrón?
Volvimos al Gabbiano para comprobar una cosa que nos habían dicho: que los tiburones llegaban a la orilla de noche buscando la luz del restaurante, y era completamente cierto: estaba plagado de tiburones y acojonaba bastante, algunos eran bichos bastante grandes. Dimos un largo paseo, de punta a punta de la isla (que no es muy grande, pero en fin), pasando por las calles sin nombre y comprobando que las pocas alcantarillas que hay son polacas.
Nos quedaba un día en Rasdhoo antes de volver y le íbamos a sacar bastante provecho. ¡Qué pedazo de viaje!









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